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Guerras:quienes las declaran?

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Guerras:quienes las declaran?

Mensaje por Admin el Mar Ago 05 2014, 11:42



"Si un empresario te envia a matar eres un asesino a sueldo, seras despreciado por la sociedad, y terminaras preso, pero si un politico te envia a matar, eres un heroe, y mientras mas mates, o envies a otros a matar, es probable que una calle lleve tu nombre, o una escuela, o se te construya una estatua"

Los empresarios nos llevan a la paz con los negocios, los politicos nos llevan a las guerras con sus fronteras

"La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para beneficio de unos pocos que sí se conocen, pero no se masacran"
- Anónimo

"En toda la historia no hay una guerra que no haya sido provocada por gobiernos, sólo por gobiernos, independientemente de los intereses de la gente, para quienes la guerra es siempre perniciosa incluso cuando es exitosa."
- Leo Tolstoy

La guerra es la salud del estado."
- Randolph Bourne

"Ni siquiera puede decirse que el estado haya mostrado jamás alguna inclinación a suprimir el crimen, sino sólo a resguardar su propio monopolio criminal"
- Albert Jay Nock

El testimonio positivo de la historia es que el estado invariablemente tuvo su origen en la conquista y la confiscación. Ningún estado primitivo conocido a la historia se originó de ninguna otra manera."
- Albert Jay Nock

Todo lo que hizo Hitler, democraticamente electo en Alemania, fue legal"
- Anonimo

"El estado llama a su propia violencia ley, pero a la del individuo crimen"
- Max Stirner

La empresa privada crea; el gobierno destruye. Esta es la gran lección económica de nuestros y todos los tiempos."
- Llewellyn H. Rockwell, Jr.

"Aquellos que pueden hacerte creer absurdidades, pueden hacerte cometer atrocidades"
- Voltaire

La naturaleza inherentemente improductiva y oligárquica del gobierno asegura así que todas las naciones bajo gobierno político se dividen en dos clases: una clase productiva y una clase parasitaria o, en la apropiada terminología del teórico político estadounidense John C. Calhoun, “pagadores de impuestos” y “consumidores de impuestos”.

El rey y su corte, lo políticos electos y sus aliados burocráticos y de intereses especiales, el dictador y sus aparatchiks del partido, estos son históricamente los consumidores de impuestos y, no por coincidencia, los belicistas. La guerra tiene una serie de ventajas para la clase dirigente. Primera y principal, la guerra contra un enemigo extranjero oculta el conflicto de clases que se está produciendo en el interior, en el que la clase gobernante minoritaria absorbe coactivamente los recursos y rebaja los niveles de vida de la mayoría de la población, que produce y paga impuestos. Convencidos de que sus vidas y propiedad se aseguran frente a una amenaza extranjera, los explotados contribuyentes desarrollan una “falsa conciencia” de solidaridad política y económica con sus gobernadores domésticos. Una guerra imperialista contra un estado extranjero débil, por ejemplo, Granda, Panamá, Haití, Iraq, Afganistán, Irán, etc. es especialmente atractiva para la clase dirigente de una nación poderosa como Estados Unidos, porque minimiza el coste de perder la guerra y ser desplazada por una revolución interna o por los dirigentes del estado extranjero victorioso.

Una segunda ventaja de la guerra es que proporciona a la clase dirigente una oportunidad extraordinaria de intensificar su explotación económica de los productores nacionales mediante impuestos de emergencia de guerra, inflación  monetaria, reclutamiento obligatorio y similares. La clase productiva generalmente sucumbe a estas crecientes depredaciones en su renta y riqueza con algunas quejas pero poca resistencia real, porque está convencida de que sus intereses se aúnan con los de los belicistas. Asimismo, al menos a corto plazo, la guerra moderna parece proporcionar prosperidad a mucha de la población civil, porque se financia en buena parte con creación de dinero.

Así llegamos a una verdad universal y praxeológica acerca de la guerra. La guerra fue el resultado de un conflicto de clase propio de la relación policía: la relación entre gobernante y gobernado, parásito y productor, consumidor de impuestos y pagador de impuestos: La clase parasitaria hace la guerra con el fin y la determinación de ocultar e incrementar su explotación de la mucho mayor clase productiva. Puede asimismo recurrir a hacer la guerra para eliminar la creciente disensión entre miembros de la clase productiva (libertarios, anarquistas, etc.), que se han hecho conscientes de la naturaleza esencialmente explotadora de la relación política y se han convertido en una gran amenaza para propagar esta idea a las masas al hacerse más baratos y accesibles los medios de comunicación, por ejemplo, autoedición, radio AM, televisión por cable, Internet, etc. Además, el conflicto entre gobernante y gobernado es una condición permanente. Esta verdad se refleja (quizá medio inconscientemente) en el viejo dicho que iguala muerte e impuestos y las dos características inevitables de la condición humana.

Mucha gente cree que las guerras mejoran la economia y que son los empresarios quienes las impulsan o crean.
Pero seamos realistas quienes declaran las guerras son los POLITICOS NO LOS EMPRESARIOS, es facil deducir que si no existieran politicos o gobernantes de cualquier tipo, NO EXISTIERAN GUERRAS.

Los unicos que necesitan tanques, fragatas, destructores, portaaviones, armas nucleares, biologicas, quimicas,  etc. Todo tipo de armas de guerra, son los Estados, NO LOS EMPRESARIOS, ni los trabajadores, ni los consumidores, ni los inversionistas, solo los gobernantes necesitan armas y guerras, nadie mas

Son los gobernantes los que te obligan a matar y morir por ellos.

Un empresario no necesita armas para vender algo pues no te obliga a comprar, no te coacciona, no necesita usar la violencia para ganar dinero, solo necesita satisfacer tus necesidades mejor que la competencia y se volvera millonario

Son los politicos y otros gobernantes, los que necesitan armas para volverse ricos y obligarte a hacer lo que ellos quieran, y para pelear contra gobernates de otros Estados

Por lo tanto son los politicos los que necesitan armas y guerras, no los empresarios.

Y si vivieramos en una sociedad anarcocapitalista, Capitalismo sin Estado:
A los empresarios no les conviene la guerra, porque es cara y quebrarian, les conviene mas resolver sus conflictos negociando o con arbitraje, y si en el peor de los casos si hicieran una guerra solo pelearian ellos, sus familiares y amigos, no veriamos cientos de miles o millones de soldados obligados a pelear, matandose y mutilandose unos a otros, solo porque el gobernante los obliga.

Imagina que todo el dinero que se usa para producir armas, que demandan los gobernantes, se usaran para hacer investigacion y desarrollo en ciencia y tecnologia, en buscar curas para enfermedades, en el desarrollo espacial, en terminar con el hambre, en mejorar la calidad de vida de todos los seres humanos. Cuanto se podria avanzar en todo tipo de cosas si no existieran los gobernantes y sus guerras, y vivieramos en una sociedad Anarcocapitalista, una sociedad con el consumidor en el centro, ya que si las empresas no satisfacen al consumidor mejor que la compertencia, quiebran, y todos somos consumidores.

Parte importante de la satisfaccion de los consumidores es la satisfaccion de las necesidades de los trabajadores ya que un trabajador feliz es un trabajador eficiente que trata bien a los clientes.

Por eso una sociedad Anarcocapitalista con empresarios sin limites ni robos impuestos por los gobernantes, seria mas pacifica, mas justa, mas libre, mas rica y mas desarrollada

Pero ademas las guerras y todo tipo de catastrofes NO MEJORAN LA ECONOMIA, si fuese asi, entonces salgamos a destruirlo todo y mañana todos seriamos ricos, algo completamente absurdo

En este video, de pocos minutos, se explica claramente

Falacias Económicas: el Legado de Bastiat

     FALACIA: LA DESTRUCCIÓN CREA TRABAJO Y PROSPERIDAD.
     REALIDAD: LA DESTRUCCIÓN MATA GENTE Y NOS EMPOBRECE.





Los cientificos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los politicos se esfuerzan por hacer imposible lo posible.

"La fuerza siempre atrae a los hombres de baja moral."
- Albert Einstein

La gente empieza a darse cuenta de que el aparato del gobierno es costoso. Lo que aún no ve es que el peso recae sobre ella."
- Frédéric Bastiat













EL DIA QUE LA GENTE ENTIENDA QUE LOS ESTADOS NO SON NECESARIOS, LAS GUERRAS TERMINARAN Y NUNCA MAS SE VERAN IMAGENES COMO ESTAS





















http://www.miseshispano.org/2014/05/los-desastres-naturales-no-aumentan-el-crecimiento-economico/

Los desastres naturales no aumentan el crecimiento económico
30 Mayo, 2014
Autor: Frank Hollenbeck

La temporada de huracanes está a punto de empezar y cada vez que se produce un huracán los comentaristas de televisión y radio y los pretendidos economistas se apresuran a proclamar las consecuencias de estímulo del crecimiento de las vicisitudes de la naturaleza. Por supuesto, si esto fuera cierto, ¿por qué esperar a la próxima calamidad? Creemos una pasando un buldócer por Nueva York y maravillémonos ante la actividad de estímulo del crecimiento generada. Destruir viviendas, edificios y equipos de capital ayudará indudablemente a parte del sector de la construcción y posiblemente a las economías regionales, pero es un error concluir que estimulará un crecimiento general.

Cada año, se echa mano de este error popular, aunque Frédéric Bastiat en 1848 lo echara abajo con su parábola de la ventana rota. Supongamos que rompemos una ventana. Podemos llamar al reparador de ventanas y pagarle 100$ por dicha reparación. La gente que mire dirá que es algo bueno. ¿Qué le pasaría al reparador si no se rompiera ninguna ventana? Además, los 100$ permitirán al reparador comprar otros bienes y servicios creando renta para otros. Esto es “lo que se ve”.

Si, por el contrario, la ventana no se hubiera roto, los 100$ podrían haber comprado un par de zapatos nuevos. El zapatero habría realizado una venta y gastado el dinero de forma distinta. Esto es “lo que no se ve”.

La sociedad (en este caso, tres miembros) estaría mejor si la ventana no se hubiera roto, ya que nos deja una ventana intacta y un par de zapatos, en lugar de solo una ventana. La destrucción no lleva a más bienes y servicios o crecimiento. Esto es lo que debería verse.

Uno de los primeros intentos de cuantificar el impacto económico de una catástrofe fue el libro de 1969, The Economics of Natural Disasters. Los autores, Howard Kunreuther y Douglas Dacy, en buena parte estudiaban el caso de un terremoto en Alaska en 1964, el más poderoso nunca registrado en Norteamérica. De forma no sorprendente, concluían que la gente de Alaska estaba mejor después del seísmo, ya que el dinero le inundó procedente de fuentes privadas y concesiones y préstamos generosos del gobierno. Otra vez esto es “lo que se ve”.

Aunque las empresas constructoras se beneficien de la reconstrucción después de un desastre, debe preguntar siempre: ¿de dónde viene el dinero? Si los fondos vienes del FEMA o del National Flood Insurance Program (NFIP), el gobierno tuvo que gravar, tomar prestado o imprimir el dinero. Los estudios a corto plazo, en general, encuentran una relación negativa entre desastres y crecimiento, mientras que un número inferior de estudios a largo plazo han tenido resultados variados.

El estudio más citado sobre largo plazo es “Do Natural disasters Promote Long-run Growth?”, de Mark Skidmore e Hideki Toya, que examinaron la frecuencia de desastres en 89 países frente a sus tasas de crecimiento a lo largo de un periodo de 30 años. Trataron de controlar varios factores que podían distorsionar las conclusiones, incluyendo tamaño del país, tamaño del gobierno, distancia del ecuador y apertura al comercio. Encontraron un relación positiva entre desastres climáticos (por ejemplo, huracanes y ciclones) y crecimiento. Los autores explican esta conclusión invocando lo que puede llamarse la contribución de la Madre Naturaleza a lo que el economista Joseph Schumpeter llamó “destrucción creativa” del capitalismo. Al destruir viejas fábricas y carreteras, aeropuertos y puentes, los desastres permiten que se reconstruyan infraestructuras nuevas y más eficientes, obligando a la transición a una economía más brillante y productiva. Los desastres dan el servicio económico de eliminar infraestructura obsoleta, para dar paso a reemplazos más eficientes.

Hay tres problemas importantes con estos estudios empíricos. El primero es contrafactual. No podemos medir qué crecimiento habría habido si el desastre no se hubiera producido. El segundo es asociación frente a causación. No podemos decir si el desastre causó el crecimiento o estuvo simplemente asociado con él.

El tercer problema es lo que los economistas llaman “ceteris paribus”. Es imposible mantener los demás factores constantes y medir el impacto exclusivo de un desastre sobre el crecimiento. No hay laboratorios para poner a prueba conceptos macroeconómicos. Es la misma limitación del trabajo de Rogoff y Reinhart sobre deuda y crecimiento y muchas otras relaciones bilaterales en economía. Utilizando datos históricos de principios del siglo XX, los investigadores descubrieron que al aumentar el precio del trigo, el consumo de trigo también aumentaba. Proclamaron triunfalmente que la curva de demanda era creciente. Por supuesto, esta relación no es una curva de demanda, sino los puntos de intersección entre oferta y demanda. La suposición “manteniendo constante todo lo demás” se había violado. En economía, los datos empíricos puede apoyar un argumento teórico, pero no pueden demostrarlo o refutarlo.

¿Qué hacemos entonces si los estudios empíricos tienen limitaciones graves? Volvemos a la teoría. Sabemos que una curva de demanda es decreciente debido a los efectos de sustitución y renta. ¡Wal-Mart no hace una liquidación para vender menos! La teoría también sostiene que los desastres naturales reducen el crecimiento (es decir, cuanto más capital se destruye, mayor es el efecto negativo en el crecimiento).

Más capital significa más crecimiento. Robinson Crusoe capturará más peces si sacrifica el tiempo pescando con sus manos para construir una red. Supongamos ahora que un huracán llega a su isla y destruye todas sus redes. Robinson podría volver a pescar con sus manos desnudas y su producción se habría visto reducida permanentemente. Podría sufrir una caída aún mayor en la producción tomándose tiempo para fabricar nuevas redes. La explicación de Skidmore-Toya es hacer que aplique nuevos métodos y tecnologías que construirán redes aún mejores, permitiéndole capturar más peces que antes del huracán. Por supuesto, podemos preguntarnos: si tenía este privilegio, ¿por qué no construyó Robinson esas redes mejores antes del huracán? Aquí es donde se viene abajo la lógica de Skidmore-Toya. Robinson no fabricó redes mejores antes del huracán porque no era óptimo para él.

Si una empresa decide reemplazar una máquina vieja por una nueva, entre las consideraciones principales están el precio inicial de la máquina nueva, el tipo de interés aplicable y los costes anuales reducidos de operación de la máquina nueva. Utilizando el análisis del valor presente neto, la empresa determina el momento óptimo para realizar el cambio (una opción real). Un huracán obliga a que se produzca un cambio antes de lo que habría sido óptimo bajo un motivo de precio y beneficio. Por tanto, el huracán creó un camino distinto de crecimiento. La destrucción creativa se habría producido, pero en un plazo distinto y más óptimo.

Puede llegarse a la misma conclusión para desastres humanos. Contrariamente a lo que os han hecho creer muchos economistas keynesianos, la Segunda Guerra Mundial no sacó a EEUU de la gran depresión. ¡Fue el capitalismo!

http://www.miseshispano.org/2013/02/¿acabaria-una-guerra-con-la-recesion/

¿Acabaría una guerra con la recesión?

En su entrada de blog en el New York Times del día 28 de septiembre, Paul Krugman anunció que la economía no tiene nada que ver con la moral. Con dicho enunciado pretendía defender la idea de que en tiempos inusuales, tales como la profunda crisis en que nos hallamos, se pueden encontrar extrañas relaciones entre causa y efecto. La consecuencia es que acciones que pueden ser consideradas profundamente desagradables pueden tener efectos positivos y que por lo tanto, no podemos permitirnos aceptar estar demasiado preocupados por la moral si el objetivo es salir de la recesión.

Específicamente, Krugman defiende la postura de que la Segunda Guerra Mundial nos sacó de la Gran Depresión por ser una situación en la que “la virtud se vuelve vicio y la prudencia locura; lo que se necesita es sobre todo que alguien gaste más, incluso si el gasto no es particularmente sabio”.

Incluso gastar en algo destructivo como la guerra, el argumenta, es lo que se necesita para resolver el problema, especialmente cuando no existe un “consenso político para gasto [doméstico] en una escala suficiente”. En la versión de Krugman de la Neolengua de Orwell, la destrucción crea riqueza, y la guerra, a pesar de no ser un ideal, es aceptable moralmente por producir riqueza económica.

Afortunadamente, es posible mirar detrás de su Neolengua para ver la falacia de su perspectiva económica. Creer que el gasto–cualquier tipo de gasto–es la cura para lo que nos enferma significa ignorar la naturaleza subjetiva de la riqueza y la base microecnómica del crecimiento económico a favor de una cosificación de los agregados económicos tales como el PIB y el desempleo. Gastar billones de dólares combatiendo una guerra ciertamente puede poner en uso capital y trabajo, elevando el PIB y bajando el desempleo. Pero esto no equivale a que seamos más ricos que antes.

La riqueza crece cuando las personas son capaces de llevar a cabo intercambios que consideran mutuamente beneficiosos. La producción de nuevos bienes que los consumidores desean comprar está al inicio de este proceso. Cuando en vez de esto, pedimos prestado a las generaciones futuras para gastar en bienes y servicios conectados no a los deseos de los consumidores sino a los de los relacionados políticamente, para producir una lluvia de muerte y destrucción en otras partes del mundo, no estamos reconociendo a los individuos la libertad para hacer las cosas que ellos consideran que mejorarán su situación. Y ciertamente no estamos extendiendo tal libertad a los muertos en el nombre de “crecimiento económico”. En un nivel muy básico, la idea de que cualquier tipo de gasto es deseable ignora el hecho de que gastar en guerra (y, yo argumentaría, trabajos públicos también) activamente impide a la gente incrementar su riqueza a través de la producción y el intercambio ligados a la demanda de los consumidores.

Contratar gente para cavar agujeros y llenarlos de nuevo, o para construir bombas que matarán iraquíes, ciertamente reducirá el desempleo e incrementará el PIB, pero no aumentará la riqueza. El problema de la ciencia económica es el problema de coordinar productores y consumidores, y esta coordinación tiene lugar cuando se produce lo que los consumidores quieren usando los recursos más baratos. Es por ello que es creador de riqueza cavar un canal usando excavadoras con unos pocos conductores mientras que no lo es que millones de personas lo hagan usando cucharas, incluso si lo último generaría más empleo.

Enviar soldados a una guerra es un desperdicio de recursos humanos y materiales, y es casi por definición destructor de riqueza, independientemente de lo que pase con los índices del PIB y del desempleo. La única manera para que alguien pueda ver la ciencia económica de manera amoral, como Krugman desea, es si uno solamente está interesado en el GDP total y no en su composición. No obstante, es la composición del GDP, en el sentido de comprobar que lo que hemos producido coincide con lo que quiere el consumidor, lo que en última instancia importa para el bienestar humano. Es fácil crear trabajos y generar gasto, pero estos no constituyen crecimiento económico, y no son necesariamente indicadores de la prosperidad humana.

Por lo que sí, Profesor Krugman, sí importa como intentamos salir de las depresiones. El mundo no está al revés y los vicios no son virtudes. La guerra no es paz y la destrucción no es creación. La solución real a la depresión es eliminar las barreras al libre intercambio y producción las cuales realmente implican la creación de riqueza. Pidiendo prestado más millones a nuestros nietos para construir lo equivalente a las pirámides o para aniquilar inocentes en el extranjero, sólo hacemos el agujero más profundo. Y cuando alguien se limita a decir que “necesitábamos a Hitler e Hirohito” para salir salir del agujero en los años treinta, es que ha abandonado la moral para pasar a adorar el altar de los agregados económicos.

Ningún crítico de la economía de libre mercado puede volver a acusarnos de ser irracionales e inmorales cuando es Paul Krugman quien dice que la destrucción crea riqueza, y que la guerra es el aceptable segundo mejor camino hacia el crecimiento económico. No deje que su Neolengua le engañe: guerra y destrucción son exactamente lo que parecen ser. Argumentar como Krugman implica abandonar ambas economía y moral.

Guerra y conflicto de clase
http://www.miseshispano.org/2014/11/guerra-y-conflicto-de-clase/

El Gran Hermano estaría orgulloso.

http://www.miseshispano.org/2012/06/erasmo-sobre-la-guerra/



[Artículo de Erasmo de Rotterdam (1456-1536), “Antipolemus o alegato de la razón, la religión y la humanidad contra la guerra”]

Si hay en los asuntos de los hombres mortales algo que es adecuado rebatir constantemente y que incumbe a todo hombre evitar, despreciar y oponerse por cualquier medio legítimo, esa cosa es la guerra.

No hay nada tan antinaturalmente infame, más productor de miseria, más extensivamente destructivo, más obstinado en el error, más indigno del hombre como conforme a la naturaleza, más en un hombre que profese el cristianismo. Aún así, ¡extraordinario relato!, la guerra la realizan, y cruel y salvajemente, no sólo los infieles, sino también los cristianos.

Tampoco faltan nunca hombres miserables peritos en leyes, incluso divinas, dispuestos a proporcionar instigaciones para la vil tarea y avivar las brasas latentes hasta hacer fuego. Por tanto la guerra se considera como algo que se da por supuesto, por lo que la maravilla es cómo hay algún hombre que puede desaprobarla, tan sancionada por la autoridad y la costumbre que se considera impío prestar testimonio contra una práctica de su principio más degradado y de sus efectos elocuentes en todo tipo de calamidad.

Si alguien observa la organización y aspecto externo del cuerpo, ¿no percibirá instantáneamente que la Naturaleza, o más bien el Dios de la Naturaleza, creó al animal humano no para la guerra sino para el amor y la amistad, no para la destrucción mutua sino para el servicio y la seguridad mutua, no para producir heridassino actos de beneficio recíproco? El hombre llega al mundo desnudo, débil, tierno, desarmado, con su carne de la más suave textura, su piel suave, delicada y susceptible a la más mínima herida. No hay nada observable en sus miembros para la lucha o la violencia.

Incapaz de hablar o andar o de conseguirse la comida, puede pedir cariño sólo con llantos y gemidos, a partir de esta única circunstancia podría colegirse que el hombre es un animal nacido para tal amor y amistad que se forma y cimenta en el intercambio mutuo de favores benevolentes. Además, la Naturaleza evidentemente quería que el hombre se considerara en deuda por la bendición de la vida, no tanto por sí misma como por la bondad de sus congéneres; que podía percibirse a sí mismo destinado a los afectos sociales y los añadidos de la amistad y el amor.

Así que le dio un semblante ni aterrador ni temeroso, sino suave y plácido, imitando por signos externos la benignidad de su disposición. Le dio ojos llenos de expresión cariñosa, indicadores de una mente que goza con la simpatía social. Le dio brazos para abrazar a sus congéneres. Le dio labios para expresar una unión de cuerpo y alma. Le dejó sólo a él el poder de reír, un distintivo de la alegría que puede sentir.

Le dio lágrimas, el símbolo de la clemencia y la compasión. Le dio asimismo voz, no un grito amenazador ni aterrador, sino suave, tranquilizador y amistoso. No satisfecha con estos distintivos de su peculiar favor, le concedió sólo a él el uso de la palabra y la razón, un regalo que tiende más que ningún otro a conciliar y apreciar la benevolencia, y un deseo de ofrecer servicios mutuos, por lo que nada entra las criaturas humanas podría hacerse mediante la violencia.

Implantó en el hombre el rechazo a la soledad y el amor a la compañía. Sembró en su corazón las semillas de todo afecto benevolente y así hizo a la vez de lo más saludable lo más agradable.

Ahora veamos con los ojos de nuestra imaginación las tropas salvajes de hombres, horribles en sus mismos rostros y voces, hombres vestidos de acero, ahogados en cada lado del campo de batalla, portando armas, terroríficos en sus golpes y en su mismo brillo. Advirtamos el horroroso murmullo de la multitud confusa, sus ojos amenazantes, el áspero y discordante sonido de tambores y clarines, el terrible sonido de la corneta, el tronar del cañón (un sonido no menos formidable que el verdadero trueno del cielo y mucho más dañino), ¡un sonido insano como el de los gritos de los locos, una aparición furiosa, una cruel carnicería de unos a otros! ¡Veamos a lo muertos y a los que matan! ¡Pilas de cadáveres, campos anegados de sangre, ríos enrojecidos con sangre humana!

Al tiempo olvidamos los cultivos de grano pisoteados, las tranquilas granjas y mansiones rurales quemadas hasta los cimientos, las villas y pueblos reducidos a cenizas, el granado aparatado de sus pastos, las mujeres inocentes violadas, los viejos en cautividad, las iglesias desfiguradas y demolidas, ¡todo se convierte en yermo, presa de los robos, los saqueos y la violencia!

Sin mencionar las consecuencias que soporta el pueblo después de una guerra, incluso en la más afortunada de éstas: los pobres, gente común inofensiva a los que se roba su pequeña propiedad duramente ganada; la gran carga de los impuestos; viejos afligidos por sus hijos, más cruelmente muertos por el asesinato de sus descendientes que por la espada, más felices si el enemigo les ha privado de conocer su desgracia y de su misma vida en el mismo momento; mujeres de edad avanzada, dejadas en la indigencia y expuestas más cruelmente a la muerte que si hubieran muerto de inmediato a punta de lanza; mujeres viudas, niños huérfanos, hogares de luto y familias que una vez conocieron tiempos mejores reducidas a la extrema penuria.

La paz es a la vez la madre y la niñera de todo lo que es bueno para el hombre; la guerra, con un solo golpe repentino, aplasta, extingue, abole todo lo alegre, todo lo que es feliz y bello, y derrama un torrente completo de desastres sobre la vida de los mortales. La paz brilla sobre los asuntos humanos como el sol primaveral. Los campos se cultivan, los jardines florecen, el ganado pasta en miles de colinas, aparecen nuevos edificios, la riqueza fluye, los placeres sonríen, la humanidad y la caridad aumentan, las artes y las manufacturas sienten la calidez genial del ánimo y las ganancias de los pobres son más abundantes.

Pero tan pronto como se ciernen las nubes de la guerra, ¡qué avalancha de miserias y desgracias se apodera, inunda y aplasta todas las cosas en su campo de acción! Los rebaños se diezman, las cosechas se pisotean, los granjeros son masacrados, las villas y pueblos quemados, las ciudades y estados que han estado eras creciendo hasta su estado de florecimiento subvertidas por la furia de una tempestad, la tormenta de la guerra. ¡Cuánto más sencilla es la labor de hacer daño que la de hacer el bien, de destruir que de construir!

Añadamos a estas consideraciones que las ventajas derivadas de la paz se extienden lejos y ampliamente y alcanzan a gran número, mientras que en la guerra, si algo acaba felizmente, la ganancia redunda sólo en unos pocos, que son indignos de recibirla.

La seguridad de un hombre se debe a la destrucción de otro. El premio de un hombre deriva del saqueo de otro. La cusa de regocijo por un bando es para el otro una causa de luto. Todo lo que es desafortunado en una guerra lo es muy realmente y por el contrario todo lo que de denomine buena fortuna es una buena fortuna salvaje y cruel, una alegría no generosa, al derivar su existencia de la aflicción de otro.

De hecho, a su conclusión normalmente ocurre que ambos bandos, el victorioso y el derrotado, tienen razones para lamentarse. No sé de ninguna guerra que haya discurrido tan afortunadamente en todos sus acontecimientos que el conquistador, si tenía corazón y sentimientos para juzgar, que tendría que tener, no se arrepintiera de haberla sufrido.

Tantos y tan grandes son los males que se producen para conseguir un fin, que es en sí una maldad mayor que todos los que le han precedido para su preparación. Así que nos afligimos por un fin noble que nos permite afligir a otros.

Si tuviéramos que calcular con justicia el asunto y realizar un cálculo justo del coste de atender la guerra y del de de procurar la paz, deberíamos descubrir que la paz podría comprarse por la décima parte de los cuidados, trabajos, problemas, peligros, gastos y sangre que cuesta ir a la guerra.

¡Pero el objetivo es hacer todo el daño posible al enemigo! ¡Un objetivo muy inhumano! Y considerar si podemos dañarle seriamente si dañar, por los mismos medios, a nuestra propia gente. Sin duda es actuar como un loco llevarnos una parte tan grande de un seguro mal cuando debe ser siempre algo incierto cómo puede acabar la guerra al final.

¿Dónde están las tantas y tan sagradas obligaciones de concordia perfecta, como en la religión cristiana? ¿Dónde las numerosas exhortaciones a la paz? Jesucristo proclamó una ley como su propia ley particular: era la ley del amor o la caridad. ¿Qué práctica entre la humanidad viola esta ley tan groseramente como la guerra?

Examinad todas las partes de su doctrina y no encontraréis nada que no respire paz, hable el lenguaje del amor y saboree el de la caridad, y cómo él sabía que la paz no podía preservarse salvo que esos objetivos por los que pelea el mundo a punta de espada fueran considerados viles y despreciables, nos ordenó que aprendiéramos de él a ser mansos y humildes.

Declaró bienaventurados a quienes no estimaran las riquezas. Prohibió resistir al mal. En resumen, como toda su doctrina recomendaba renuncia y amor, así su vida no enseñó sino bondad, dulzura y amable afecto. Tampoco los apóstoles inculcaron otra doctrina: habían bebido el purísimo espíritu de Cristo y estaban llenos de las sagradas aguas del manantial. ¿Que resuena en todas las epístolas de Pablo salvo paz, sufrimiento, caridad? ¿Qué otra cosa hacen todos los escritores en el mundo que son verdaderamente cristianos?

Pero observemos cómo los cristianos defienden la locura de la guerra. Si, dicen, la guerra hubiera sido absolutamente ilegítima, Dios no hubiera animado a los judíos a hacer la guerra contra sus enemigos. Pero los judíos casi nunca fueron a la guerra, como hacen los cristianos, entre sí, sino contra extranjeros e infieles: nosotros, los cristianos, empuñamos la espada contra cristianos. Ellos luchaban por mandamiento expreso de Dios; nosotros, por mandamiento de nuestras propias pasiones.

Pero incluso los cristianos dicen que las leyes de la naturaleza, de la sociedad, de los usos y costumbres, conspiran para dictar la aptitud de repeler fuera con fuerza y defender la vida y también el dinero. Hasta aquí estoy de acuerdo. Pero la gracia de la Palabra de Dios, de más fuerza que cualquiera de estas leyes, declara en palabras contundentes que debemos devolver bien por mal y también deberíamos rezar por quienes pretenden quitarnos la vida. Todo esto, nos dicen, tiene una se refiere en particular a los apóstoles, pero entiendo que también se refiere a todo el pueblo cristiano.

También argumentan que, igual que es legítimo infligir castigo a un delincuente individual, debe ser legítimo tomar venganza sobre un estado ofensor. Una respuesta completa a este argumento me obligaría a una mayor prolijidad de la que ahora necesitamos y sólo diré que los dos casos difieren mucho en este aspecto: quien es condenado judicialmente sufre el castigo que impone la ley, pero en la guerra cada bando trata al otro como culpable y procede a infligir castigos sin considerar la ley, el juez o el jurado. En el primer caso, la maldad sólo recae en quien comete la falta; en el último, la mayor parte de los numerosos males recae en quienes no merecen ningún mal en absoluto, en campesinos, ancianos, madres, huérfanos y mujeres indefensas.

Pero el objetor repite. “¿Por qué no puedo ir y cortar el cuello de quienes nos cortarían el cuello si pudieran?” ¿Entonces considerarías una desgracia que cualquiera fuera más malvado que tú?

¿Por qué no va y roba a los ladrones? Le robarían si pudieran. ¿Por qué no injuriar a los que nos injurian? ¿Por qué no odiar a los que nos odian? ¿Considera una noble hazaña para un cristiano haber matado en guerra a quienes considera malvados, pero que siguen siendo hombres por los que murió Cristo, ofreciendo así víctimas más aceptables al Diablo y deleitando al gran enemigo en dos aspectos: primero en que se mata a un hombre y segundo en que el hombre que mata es un cristiano?

Si la religión cristiana es una fábula, ¿por qué no la demolemos honrada y abiertamente? ¿Por qué nos burlamos de ella? Pero si Cristo es “el camino, la verdad y la vida”, ¿por qué todos nuestros planes de conducta difieren tanto de sus enseñanzas y ejemplos? Si reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Maestro, que es amor y no enseñó más que amor y paz, mostremos su modelo en nuestra vida y palabra. Adoptemos el amor a la paz que Cristo pueda reconocer, igual que nosotros le reconocemos como Maestro de la Paz.

Erasmo de Rotterdam (1466/1469-1536) fue humanista, sacerdote y teólogo católico holandés del Renacimiento, conocido como el “Príncipe de los humanistas”.

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