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Porque creemos en el Estado?

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Porque creemos en el Estado?

Mensaje por Admin el Lun Abr 18 2016, 06:04



Un minarquista un poco confuso entrevista a Hans-Hermann Hoppe. Esperemos que después de esta entrevista el entrevistador se haya convertido finalmente. Traducción por Josep Purroy.



Pregunta: Profesor Hoppe, en su colección de ensayos “Der Wettbewerb der Gauner” (“The Competition of Crooks“), usted escribe que el 99% de la gente, si se les preguntara si el Estado es necesario, diría que sí. ¡Confieso que yo también! ¿En qué estoy equivocado?

Hoppe: Todos nosotros, desde la infancia, hemos sido moldeados por el Estado o instituciones autorizadas por el Estado -la enseñanza preescolar, la primaria, la secundaria y la universidad, todas ellas son planes de estudios prescritos por el Estado. Hemos sido condicionados desde la infancia a ver al Estado como una institución necesaria y salvadora. Por lo tanto, este resultado citado por usted no debería ser nada sorprendente.

Sin embargo, si yo te preguntara si estima indispensable contar con una institución que tiene la última palabra para decidir sobre cualquier conflicto, incluidos aquellos en los que está involucrada, usted naturalmente diría que no  -a menos que, por supuesto, usted estuviera esperando estar a cargo de esta institución.

P: Hum… correcto.

Hoppe: Por supuesto. Porque en cuanto usted entiende que esta institución no se limitará sólo a mediar los conflictos, ya que también puede crearlos, entonces también será capaz de darse cuenta de que esta institución siempre querrá, lógicamente, resolver estos conflictos en su propio beneficio. Habiendo entendido esto, yo, por mi parte, le prometo que viviría temiendo por la seguridad de mi vida y de mi propiedad.

Sin embargo, es exactamente esto, este poder supremo sobre las decisiones judiciales, que es la característica especial de esta institución llamada Estado. El Estado tiene el monopolio de la aplicación de la ley y la justicia suprema, y es inevitable que utilice este monopolio a su favor.

P: Cierto, pero por otro lado, el Estado se basa en un contrato social, que proporciona protección para el individuo y espacio para sus logros personales -cosas que sin el Estado, no tendría. Sin el Estado, sería una batalla violenta y constante de todos contra todos.

Hoppe: No, el Estado es cualquier cosa, ¡menos el resultado de un contrato! Ningún individuo dotado de un mínimo de sentido común estaría de acuerdo con dicho contrato. Tengo varios contratos en mi carpeta, pero no hay ninguno igual a este. El Estado es el resultado de fuerza violenta y de sometimiento. Surgió, creció y se expandió sin ningún tipo de contrato fundacional, al igual que una banda mafiosa que practica la extorsión a cambio de “protección”.

Y, con respecto a su “batalla violenta y constante de todos contra todos”, esto es un mito. Por supuesto, en “su” territorio, un delincuente extorsionador protege a las víctimas de la agresión de otros ladrones; pero él hace esto sólo para poder llevar a cabo su propia extorsión más rentablemente. Otra cosa: los Estados son responsables de la muerte de cientos de millones de personas, además de toda la inconmensurable destrucción que se produjo sólo en el siglo XX. Comparado con esto, las víctimas de delitos privados son prácticamente insignificantes.

¿Y usted diría que los conflictos entre los habitantes de la región de la triple frontera [Francia, Alemania y Suiza] cerca de Basilea, que viven en un estado de anarquía (no existe un supraestado gobernando la interacción cotidiana de los ciudadanos de estos tres países), son más numerosos que los conflictos entre los habitantes de Düsseldorf o Dortmund, que son ciudadanos de un mismo Estado [Alemania]? No que yo sepa.

P: ¿Por qué, en su opinión, la democracia es un “concurso de ladrones”?

Hoppe: Todas las formas más desarrolladas de religión prohíben codiciar los bienes ajenos. Esta prohibición es la base de cualquier proceso de cooperación social. En una democracia, por otra parte, cualquier persona puede codiciar (y realmente apropiarse de) la propiedad de los demás, de acuerdo con este deseo -la única condición previa es que él pueda acceder a los pasillos del poder.

Así, en condiciones democráticas, todo el mundo se convierte en una amenaza potencial. Cualquier persona puede abiertamente expresan su deseo por la propiedad de otros. Lo que antes se consideraba inmoral y era suprimido adecuadamente, ahora pasa a ser considerado como un sentimiento legítimo. Ahora todo el mundo puede codiciar abiertamente la propiedad de los demás en nombre de la democracia; y todos pueden actuar bajo este deseo por la propiedad ajena, una vez que hayan conseguido entrar en el gobierno. Así pues, en una democracia, todo el mundo puede legalmente llegar a ser una amenaza.

Lo que suele suceder es que los miembros de la sociedad que tratan de acceder a los pasillos del poder y ascender a los puestos más altos en la jerarquía política son precisamente los que no tienen inhibiciones morales para apropiarse indebidamente de la propiedad de los demás. Por lo tanto, en condiciones democráticas, el popular -aunque inmoral y antisocial- deseo por la propiedad de otro hombre es sistemáticamente reforzado. Cualquier exigencia pasa a ser legítima, siempre que sea públicamente proclamada. En nombre de la “libertad de expresión”, cada uno es libre de tomar y, posteriormente redistribuir, la propiedad de los demás. Todo puede ser dicho y afirmado, y todo pasa a ser de todos. Ni siquiera los derechos de propiedad aparentemente más seguros están exentos de estas exigencias redistributivas.

Peor aún, debido a la existencia de elecciones, los miembros de la sociedad con poca o ninguna inhibición contra la confiscación de la propiedad de los demás -es decir, amorales vulgares que poseen un talento enorme en agrupar una enorme masa de seguidores adeptos de demandas populares moralmente desinhibidas y mutuamente incompatibles (demagogos eficientes)- tienen mayor posibilidad de entrar en el aparato gubernamental y ascender a la cima de la línea de comandos. Por lo tanto, una situación naturalmente mala se vuelve aún peor.

P: Al decir que los políticos son parásitos vagos, ¿usted no teme ser reprendido por estar reclamando en un nivel similar al utilizado por el diario sensacionalista Bild?

Hoppe: ¿Y qué? Hasta el inicio del siglo XX, era difícil encontrar un importante pensador político que no se refiriera con desprecio a la democracia. La palabra clave utilizada para describir la democracia era “multitud desorganizada” o “ley de la calle”, o incluso “gobierno de la mafia”.

Las críticas más populistas que hacen hoy a la democracia, desde aquellas contenidas en el Bild hasta la que hace el conductor del taxi, son buenas, pero no están lo suficientemente justificadas. Tampoco van tan lejos como deberían. Está claro que los políticos son parásitos: ellos viven del dinero robado a los demás bajo la amenaza de violencia -lo que se llama “impuestos”. Pero, por desgracia, los políticos no son perezosos. Sería muy bueno si lo único que hicieran fuera perder el tiempo y malgastar el dinero obtenido de personas productivas. Pero lo que ocurre es todo lo contrario: son megalómanos obsesivos y obsesionados en hacer todo aquello que consideran que es verdadero -lo que se reduce a imponer muchas dificultades a sus víctimas (nosotros, los verdaderos trabajadores) a través de la creación de miles de leyes y reglamentos.

P: La democracia es sólo una de las múltiples posibilidades de organización del Estado. ¿Hay alguna otra forma de Estado que sería más aceptable para usted?

Hoppe: En un estado monárquico, todas las personas saben quién es el soberano y quiénes son los súbditos, por lo que tenderá a haber resistencia en contra de cualquier intento de aumentar el poder del Estado. En un Estado democrático, esta distinción se vuelve borrosa, lo que facilita en gran medida la expansión del poder estatal -quien hoy está fuera del aparato estatal, podría entrar mañana.

P: Un momento: es exactamente por eso que hay tribunales, leyes y constituciones: para limitar y controlar el Estado -tanto el ejecutivo como el legislativo.

Hoppe: La mafia también tiene su división de poderes. La mafia tiene su “ejecutivo”, su “legislativo” y su “judicial”. Y si ves otra vez “El Padrino” verás cómo estos tres poderes siempre funcionaban en favor de la expansión organizada de la “empresa”.

P: ¿Qué piensas de los nuevos movimientos de ataque al Estado que han surgido en Internet, como el movimiento de “Occupy” o “Piratas”, exigiendo transparencia y participación pero todos sin condenar directamente el Estado y a la democracia en su totalidad?

Hoppe: El movimiento ‘Occupy’ está formado por ignorantes económicos incapaces de comprender que todos los trucos sucios de los bancos, que con razón deploran, sólo son posibles porque hay un Banco Central que puede imprimir dinero para rescatarlos y que, por lo tanto, actúa como un “prestamista de última instancia” y que la crisis financiera actual no es tanto una crisis del capitalismo, sino una crisis del intervencionismo y del estatismo. El Banco Central es un organismo regulador que existe para proteger al sistema bancario, blindándolo de cualquier competencia o imprevisto, y ayudándolo cada vez que hagan operaciones insensatas. El movimiento ‘Occupy’ en ningún momento atacó eso, que es la raíz de toda la crisis.

Y los ‘Piratas’, con su demanda de una renta básica incondicional, ya están muy avanzados en el destino inexorable de convertirse en otro partido que defiende la “barra libre para todos”. Sólo tienen un punto que les puede hacer muy populares, así como proporcionarles la enemistad de poderosos enemigos, como las industrias cinematográficas, musicales y farmacéuticas: su crítica de los “derechos de propiedad intelectual”. Pero incluso en este sentido, son temerosos e ignorantes. Lo único que ellos tienen que hacer es ir a Google y escribir Stephan Kinsella. Y entonces entenderán que la Propiedad Intelectual no tiene nada que ver con la propiedad, y sí con privilegios otorgados por el Estado. (Artículo Contra la Propiedad Intelectual de Stephan Kinsella)

La PI (Propiedad Intelectual) permite al inventor (“I”) o al “primer creador” de un producto -un texto, una imagen, una canción, o cualquier otra cosa- prohibir a todos los otros de hacer una réplica de este producto; o, por lo menos, cobrar una licencia de uso, incluso si el replicador (“R”) está exclusivamente utilizando sus propios bienes (y no ha confiscado alguna propiedad de “I”). Por lo tanto, “I” es elevado a co-propietario de la propiedad de “R”.

Es decir, los derechos de Propiedad Intelectual no son propiedad, sino un ataque a la propiedad de otra persona -y, por tanto, completamente ilegítimos. Las ideas -recetas, fórmulas, declaraciones, argumentos, algoritmos, teoremas, melodías, ritmos, patrones, imágenes, etc.- son sin duda bienes (en la medida en que son buenos y útiles), pero no son bienes escasos. Tan pronto como las ideas se formulan y se establecen, se convierten en activos no escasos, inagotables. Supongamos que silbo una melodía o escribo un poema, y usted oye mi melodía o lee mi poema y, de inmediato, lo copia o reproduce. Al hacer esto, usted no expropió absolutamente nada de mí. Yo puedo silbar y escribir como antes. De hecho, todo el mundo me puede copiar y, aún así, no me robaron nada. (Si yo no quiero que nadie copie mis ideas, lo único que tengo que hacer es guardarlas para mi, y jamás explicarlas.)

Ahora, imagine que en realidad tengo un derecho de propiedad de mi melodía, así que puedo prohibir lo copia, o incluso exigirte un royaltie si lo haces. Primero: ¿esto no implica, a su vez también, que tengo que pagar royalties a la persona (o sus herederos) que inventó el silbido y la escritura? Además, ¿para que la persona (o sus herederos) que inventó el lenguaje y la creación de sonidos? ¿No es absurdo esto?

En segundo lugar, al impedir que usted silbe mi melodía o recita mi poema, o al obligarlo a pagar si hace eso, estoy realmente conviertiéndome en su propietario (parcial): propietario parcial de su cuerpo, sus cuerdas vocales, su papel, su lápiz, etc. porque usted no utilizó nada excepto su propiedad cuando me copió. Si usted ya no puede copiarme, entonces quiere decir que yo, el dueño de la propiedad intelectual, expropié su propiedad “real”. De ello se desprende: los derechos de propiedad intelectual y los derechos de propiedad real son incompatibles, y la defensa de la propiedad intelectual debe ser vista como uno de los ataques más peligrosos de la idea de propiedad “real” (sobre bienes escasos).

P: En “The Competition of Crooks“, usted esboza un modelo alternativo basado en una “sociedad privada de leyes”. ¿Cómo funciona esto?

Hoppe: El concepto básico es simple. La idea de tener una agencia que sea protectora de la propiedad y que mantenga la ley, y al mismo tiempo, sea monopolista de estas actividades, es una contradicción. Este monopolio, ya sea un rey o un presidente electo, siempre será un “expropiador protector de la propiedad” y un “infractor protector de la ley” -y siempre va a caracterizar todas sus acciones como la focalización del “interés público”.

A fin de garantizar la protección y la salvaguarda del derecho de propiedad, es necesario que haya libre competencia también en el área de la ley. Otras instituciones de fuera del Estado deben ser capaces de ofrecer servicios de protección de la propiedad y servicios judiciales. El Estado, por tanto, pasaría también a estar sujeto al derecho privado, en condiciones de igualdad con los demás ciudadanos. Ya no podría continuar aumentando los impuestos o creando nuevas leyes. Sus empleados tendrían que obtener sus ingresos de la misma manera que lo hacen los ciudadanos: produciendo y ofreciendo algo que voluntariamente es demandando por los consumidores; bienes y servicios que sean lo suficientemente atractivos como para hacer que algunos ciudadanos estén dispuestos a pagar por ellos.

P: ¿Esto no conduciría rápidamente a una guerra entre estas instituciones “oferentes”?

Hoppe: Las guerras y las agresiones son actividades extremadamente costosas. Los Estados emprenden guerras porque pueden, a través de impuestos y creación de dinero, asignar estos costes a todos los ciudadanos que no están directamente involucrados en la guerra. Por el contrario, para las empresas cuya financiación se obtiene voluntariamente en el mercado, hacer una guerra sería un suicidio económico.

Estando también sujeto al derecho privado, el Estado tendrá, al igual que todos los demás proveedores de servicios de seguridad, que ofrecer a sus clientes contratos que sólo pueden ser modificados por mutuo acuerdo, y que determinan específicamente lo que debe hacerse en caso de un conflicto entre él y sus clientes, o entre él mismo y los clientes de otros proveedores de servicios de seguridad que compiten.

Y para ello sólo hay una solución aceptable para todos: que en este tipo de conflictos, no el Estado sino un organismo externo e independiente, de el veredicto -árbitros y jueces que, a su vez, estarán compitiendo entre sí, y cuyo activo más importante es su reputación como protectores de la ley, y cuyas acciones y juicios pueden ser impugnadas y, en caso necesario, revisadas, al igual que pasa con cualquier otra persona.

P: ¿Quién debe ser esta entidad externa independiente? ¿Y con qué instrumentos de poder garantizaría los intereses de un ciudadano en contra de su socio contractual -una agencia privada, que es, obviamente, mucho más poderosa?

Hoppe: En los conflictos locales, en un pequeño pueblo o en un barrio mismo, estas entidades muy probablemente serán esas personas universalmente respetadas, conocidas como los “aristócratas naturales” o incluso las “élites naturales”. O organizaciones arbitradoras y tribunales de apelación, cuyos servicios de aseguración acuerden contractualmente utilizar desde el principio. Aquel, por lo tanto, que no acepte el veredicto del juicio no sólo estará incumpliendo la ley, sino que también se convertirá en un paria en el mundo de los negocios. Nadie querrá involucrarse con él, y él inmediatamente perderá todos sus clientes y socios de negocios. Esto no es nada utópico. Por el contrario, esta práctica es habitual ya en las transacciones internacionales -anárquicas- que están teniendo lugar.

Así que vuelvo a la pregunta: ¿cómo la gente común asegurará sus intereses ante un monopolio estatal y tributador? Este, sí, es mucho más poderoso que el individuo -¡y él siempre la última palabra!

P: ¿Usted entiende el escepticismo con relación a su propuesta?

Hoppe: Por supuesto que sí, ya que la mayoría de la gente nunca ha oído hablar de estas ideas. Mucho menos alguna vez se tomaron la molestia de pensar seriamente acerca de ellas. Además, no tengo ninguna simpatía por aquellos que  inmediatamente salen gritando histéricamente al escuchar estas ideas y solicitan la condena de sus autores, sin tener el más mínimo conocimiento de economía y filosofía política.

P: Es muy poco probable que una mayoría de ciudadanos algún día apoyara un modelo tan extraño y desconocido. Pero, ¿qué partes de este modelo pueden ser adoptadas con el fin de lograr al menos algunas mejoras parciales en nuestro sistema actual, sin necesidad de un abandono completo del Estado y la democracia?

Hoppe: Hay una solución provisional. Se llama la secesión y la descentralización (independencias). Los Estados pequeños deben inevitablemente ser defensores de las libertades -de lo contrario la gente trabajadora y productiva va a desertar. Lo deseable, por lo tanto, es tener un mundo compuesto de miles de Liechtensteins, Singapures y Hong Kongs. Por otra parte, un gobierno central europeo -y, peor aún, un gobierno mundial- con una política “armonizada” de impuestos y regulaciones representa la amenaza más seria y grave para la libertad.

P: Para esto usted tampoco, probablemente, tendrá una mayoría. Siendo así, ¿cómo el Estado y la democracia van a evolucionar en el futuro? ¿Cuando van a terminar por fin?

Hoppe: El modelo de bienestar occidental, también llamado “socialismo light” (o socialdemocracia), se derrumbará como ocurrió con el socialismo “clásico” -por supuesto que no puedo decir exactamente cuándo va a suceder, si en cinco, diez o quince años. Las palabras clave son: bancarrota del Estado, hiperinflación, reforma monetaria y violentos conflictos distributivos. Y de esto saldrá o bien un alegato a favor de un “hombre fuerte”, un dictador, o bien -esperemos- enormes e intensos movimientos secesionistas.


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